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4 nov. 2012

El himno a Deméter de Homero en Antonio Machado

Del blog de Juan Carlos Sánchez Sottosanto
http://sanchezsottosanto.over-blog.es/article-grecia-y-roma-en-la-lengua-de-castilla-i-machado-y-demeter-95139460.html


Tuesday 27 december 2011 2 27 /12 /Dic /2011 17:04 Grecia y Roma en la lengua de Castilla I: Machado y Deméter


El paisaje andaluz, el leit motiv de encinas y de olivos, el viejo mito de Deméter que pierde a su hija (Himnos homéricos, II, A Deméter), las preocupaciones existenciales, la sensibilidad y la espléndida pericia poética se conjugan para este texto asombroso de Antonio Machado, de los menos recorridos, quizás porque su relato suene como anacrónico al desprevenido, o como culterano al acostumbrado a la supuesta “sencillez”, readibility, de otros poemas suyos.

En viejas ediciones de Losada, el polígrafo dominicano Pedro Henríquez Ureña decidió ponerlo íntegro junto a la versión de Segalá de los himnos homérico que venían como adenda en el segundo volumen de la Ilíada. Invertimos esa buena decisión; en tipografía más pequeña damos debajo ese mismo himno, en versión fragmentaria.



Antonio Machado: poema de nuevas Canciones titulado

“Olivo del camino"

A la memoria de D. Cristóbal Torres

I

Parejo de la encina castellana

crecida sobre el páramo, señero

en los campos de Córdoba la llana

que dieron su caballo al Romancero,

lejos de tus hermanos

que vela el ceño campesino -enjutos

pobladores de lomas y altozanos,

horros de sombra, grávidos de frutos-,

sin caricia de mano labradora

que limpie tu ramaje, y por olvido,

viejo olivo, del hacha leñadora,

¡cuán bello estás junto a la fuente erguido,

bajo este azul cobalto,

como un árbol silvestre espeso y alto!


II

Hoy, a tu sombra, quiero

ver estos campos de mi Andalucía,

como a la vera ayer del Alto Duero

la hermosa tierra de encinar veía.

Olivo solitario,

lejos de olivar, junto a la fuente,

olivo hospitalario

que das tu sombra a un hombre pensativo

y a un agua transparente,

al borde del camino que blanquea,

guarde tus verdes ramas, viejo olivo,

la diosa de ojos glaucos, Atenea.


III

Busque tu rama verde el suplicante

para el templo de un dios, árbol sombrío;

Deméter jadeante

pose a tu sombra, bajo el sol de estío.

Que reflorezca el día

en que la diosa huyó del ancho Urano,

cruzó la espalda de la mar bravía,

llegó a la tierra en que madura el grano.

Y en su querida Eleusis, fatigada,

sentóse a reposar junto al camino,

ceñido el peplo, yerta la mirada,

lleno de angustia el corazón divino...

Bajo tus ramas, viejo olivo, quiero

un día recordar del sol de Homero.



IV

Al palacio de un rey llegó la dea,

sólo divina en el mirar sereno,

ocultando su forma gigantea

de joven talle y redondo seno,

trocado el manto azul por burda lana,

como sierva propicia a la tarea

de humilde oficio con que el pan se gana.

De Keleos la esposa venerable,

que daba al hijo en su vejez nacido,

a Demofón, un pecho miserable,

la reina de los bucles de ceniza,

del niño bien amado

a Deméter tomó para nodriza.

Y el niño floreció como criado

en brazos de una diosa,

o en las selvas feraces

-así el bastardo de Afrodita hermosa-

al seno de las ninfas montaraces.



V

Mas siempre el ceño maternal espía,

y una noche, celando a la extranjera,

vio la reina una llama. En roja hoguera

a Demofonte, el príncipe lozano,

Deméter impasible revolvía,

y al cuello, al torso, al vientre, con su mano

una sierpe de fuego le ceñía.

Del regio lecho, en la aromada alcoba,

saltó la madre; al corredor sombrío

salió gritando, aullando, como loba

herida en las entrañas: ¡hijo mío!



VI



Deméter la miró con faz severa.

-Tal es, raza mortal, tu cobardía.

Mi llama el fuego de los dioses era.

Y al niño, que en sus brazos sonreía:

-Yo soy Deméter que los frutos grana,

¡oh príncipe nutrido por mi aliento,.

y en mis brazos más rojo que manzana

madurada en otoño al sol y al viento!...

Vuelve al halda materna, y tu nodriza

no olvides, Demofonte, que fue una diosa;

Ella trocó en maciza

tu floja carne y la tiñó de rosa,

y te dio el ancho torso, el brazo fuerte,

y más te quiso dar y más te diera:

con la llama que libra de la muerte,

la eterna juventud por compañera.



VII

La madre de la bella Proserpina

trocó en moreno grano,

para el sabroso pan de blanca harina,

aguas de abril y soles de verano.

Trigales y trigales ha corrido

la rubia diosa de la hoz dorada,

y del campo a las eras del ejido,

con sus montes de mies agavillada,

llegaron los huesudos bueyes rojos,

la testa dolorida al yugo atada,

y con la tarde ubérrima en los ojos.

De segados trigales y alcaceles

hizo el fuego sequizos rastrojales;

en el huerto rezuma el higo mieles,

cuelga la oronda pera en los perales,

hay en las vides rubios moscateles,

y racimos de rosa en los parrales

que festonan la blanca almacería

de los huertos. Ya irá de glauca a bruna,

por llano, loma, alcor y serranía,

de los verdes olivos la aceituna...

Tu fruto, ¡oh polvoriento del camino

árbol ahíto de la estiva llama!,

no estrujarán las piedras del molino,

aguardará la fiesta, en la alta rama,

del alegre zorzal, o el estornino

lo llevará en su pico, alborozado.

Que en tu ramaje luzca, árbol sagrado,

bajo la luna llena,

el ojo encandilado

del búho insomne de la sabia Atena.

Y que la diosa de la hoz bruñida

y de la adusta frente

materna sed y angustia de uránida

traiga a tu sombra, olivo de la fuente.

Y con tus ramas la divina hoguera

encienda en un hogar del campo mío,

por donde tuerce perezoso un río

que toda la campiña hace ribera

antes que un pueblo, hacia la mar, navío.



EL HIMNO HOMÉRICO II DE HOMERO.

El tema de este poema en Machado y en Homero es el mismo: ”El rapto de Perséfone por el dios de los muertos, Hades y la búsqueda de su madre Deméter hasta que después de ayunar mientras la busca funda los misterios de Eleusis en esta ciudad donde encontró a su hija. Estos rituales mistéricos tenían que ver con la inmortalidad y los muertos como se observa en el intento de Deméter de inmortalizar a Demofonte.

Busto de Homero
Adenda: HIMNO HOMÉRICO II, A DEMÉTER


Pero a ella un dolor más cruel y más perro le llegó al ánimo. Irritada contra el Cronión, amontonador de nubarrones, tras apartarse en seguida de la asamblea de los dioses y del grande Olimpo, marchó a las ciudades de los hombres y a sus pingües cultivos, desfigurando por mucho tiempo su aspecto. Ninguno de los hombres ni de las mujeres de ajustada cintura la reconocían al verla, hasta cuando llegó a la morada del prudente Celeo, que era por entonces señor de Eleusis, fragante de Incienso.

Se sentó a la vera del camino, afligida en su corazón, en el pozo Partenio, de donde sacaban agua los de la ciudad. A la sombra, pues por encima de ella crecía la espesura de un olivo, y con el aspecto de una anciana muy vieja, que está ya lejos del parto y de los dones de Afrodita amante de las coronas, como son las nodrizas de los hijos de los reyes que dictan sentencias, y las despenseras en sus moradas llenas de ecos.

La vieron las hijas de Celeo, el Eleusínida cuando iban a por el agua cómoda de sacar, para llevársela en broncíneas cántaras a las moradas de su padre la diosa puso sus pies sobre el umbral (de la casa de Celeo) y su cabeza tocó el techo. Llenó las puertas con su divino resplandor. Le cedió su sitial (Metanira, la esposa de Celeo) y la invitó a sentarse. Mas no quiso Deméter, dispensadora de las estaciones, la de espléndidos dones, sentarse sobre el resplandeciente sitial, sino que permanecía taciturna, fijos en tierra sus bellos ojos, hasta que la diligente Yambe dispuso para ella un bien ajustado asiento y lo cubrió por encima con un vellón blanco como la plata.

Sentada allí, se echó el velo por delante con sus manos. Largo rato, silenciosa, apesadumbrada, estuvo sentada sobre su asiento y a nadie se dirigió ni de palabra ni con su gesto. Sin una sonrisa, sin probar comida ni bebida, se estuvo sentada, consumida por la nostalgia de su hija de ajustada cintura, hasta que la diligente Yambe, con sus chanzas y sus muchas bromas, movió a la sacra soberana a sonreír, a reír y a tener un talante propicio, ella que también luego, más adelante, agradó a su modo de ser.

Metanira le dio una copa de vino dulce como la miel, una vez que la llenó. Pero ella rehusó, pues decía que no le era lícito beber rojo vino. Le instó, en cambio, a que le sirviera para beber harina de cebada y agua, después de mezclarla con tierno poleo.

Y ella, tras preparar el ciceón, se lo dio a la diosa como le había encargado. Al aceptárselo, inauguró el rito la muy augusta Deó. Y entre ellas comenzó a hablar Metanira...

(Habla Deméter) -De tu hijo (del de Metanira) me ocuparé de buen grado, como me encargas. Lo criaré y no le hará daño, por negligencias de su nodriza, espero, el maleficio ni la hierba venenosa. Pues conozco un antídoto mucho más poderoso que el cortador de hierba y conozco un excelente amuleto contra el muy penoso maleficio.

Metanira:

-¡Hijo mío, Demofoonte! ¡La extranjera te oculta en un gran fuego y me sume en llanto y en crueles preocupaciones!



Así dijo, angustiada, y la oyó la divina entre las diosas. Irritada contra ella, Deméter, la de hermosa corona, al hijo amado al que ella había engendrado, inesperado, en el palacio, lo dejó con sus manos inmortales lejos de sí, en el suelo, tras sacarlo del fuego, terriblemente encolerizada en su ánimo. Y al tiempo le dijo a Metanira, la de hermosa cintura:

-¡Hombres ignorantes, ofuscados para prever el destino de lo bueno y lo malo que os acucia. También tú, efectivamente, por tus insensateces has causado un desastre irreparable. Sépalo, pues, el agua inexorable de la Éstige, por la que los dioses juran. Inmortal y desconocedor por siempre de la vejez iba a hacer a tu hijo, e iba a concederle un privilegio imperecedero. Mas ahora no es posible que escape a la muerte y al destino fatal.

Con todo, un privilegio imperecedero tendrá por siempre, a causa de que estuvo subido en mis rodillas y se durmió en mis brazos. En las debidas estaciones, cuando los años cumplan su ciclo, los hijos de los eleusinos trabarán en su honor un combate y una lucha terrible entre sí por siempre, por el resto de sus días.

Soy Deméter, la venerada, que proporciona el mayor provecho y alegría a inmortales y mortales. Pero ¡ea!, que todo el pueblo me erija un gran templo y un altar dentro de él, al pie de la ciudadela y del elevado muro, por cima del Calícoro, sobre una eminencia de la colina. Los ritos, los fundaré yo misma, para que en lo sucesivo, celebrándolos piadosamente, aplaquéis mi ánimo.

Dicho esto, la diosa cambió de estatura y de aspecto, rechazando la vejez. En su torno y por doquier respiraba belleza. Un aroma encantador de su fragante templo se esparcía. De lejos brillaba la luminosidad del cuerpo inmortal de la diosa. Sus rubios cabellos cubrían sus hombros, y la sólida casa se llenó de un resplandor como el de un relámpago.

....Ellos de inmediato obedecieron, y prestaban oído a lo que decía; así que lo construyeron como había ordenado, y fue progresando según la voluntad de la diosa.

...Mientras, la rubia Deméter, sentada allí aparte de los Bienaventurados todos, permanecía consumida por la nostalgia de su hija de ajustada cintura.

Hizo que aquel fuera el año más espantoso para los hombres sobre la tierra fecunda, y el más perro de todos, pues la tierra ni siquiera hacía medrar semilla alguna, ya que las ocultaba Deméter, la bien coronada. Muchos corvos arados arrastraban en vano los bueyes sobre los labrantíos y mucha cebada blanca cayó, inútil, a tierra.

De seguro habría hecho perecer a la raza toda de los hombres de antaño por la terrible hambre, y habría privado del magnífico honor de las ofrendas y sacrificios a los que ocupan olímpicas moradas, si Zeus no se hubiese percatado y lo hubiera meditado en su ánimo.

(Después de haber recuperado a Perséfone, Zeus envía a Iris, la mensajera de los dioses, quien dirige estas palabras a Deméter)

-¡Aquí, hija! Te llama Zeus tonante, cuya voz se oye de lejos, para que vayas junto a las estirpes de los dioses. Prometió que te daría las honras que quisieras entre los dioses inmortales. Accedió asimismo a que tu hija permaneciera la tercera parte del transcurso del año bajo la nebulosa tiniebla, inmortales. plirá y lo confirmó con una señal de su cabeza. Así que ven, hija mía, y obedécele. No sigas constantemente irritada, fuera ya de lugar, contra el Cronión amontonador de nubarrones, sino haz crecer en seguida el fruto que da vida a los hombres.

Así habló. Y no desobedeció la bien coronada Deméter. En seguida hizo surgir el fruto de los labrantíos de glebas fecundas. La ancha tierra se cargó toda de frondas y flores. Y ella se puso en marcha y enseñó a los reyes que dictan sentencias, a Triptólemo, a Diocles, fustigador de corceles, al vigor de Eumolpo, y a Celeo, caudillo de huestes, el ceremonial de los ritos y les reveló los hermosos misterios, misterios venerables que no es posible en modo alguno trasgredir, ni averiguar, ni divulgar, pues una gran veneración por las diosas contiene la voz.

¡Feliz aquel de entre los hombres que sobre la tierra viven que llegó a contemplarlos! Mas el no iniciado en los ritos, el que de ellos no participa, nunca tendrá un destino semejante, al menos una vez muerto, bajo la sombría tiniebla.

Así pues, cuando los hubo instruido en todo la divina entre las diosas, se pusieron en marcha hacia el Olimpo a la asamblea de los demás dioses. Allí habitan, junto a Zeus, que se goza con el rayo, augustas y venerables.